Leo Zelada said...CON LA TROLA DENTRO
By Leo Zelada
Es verdad que la culpa no fue totalmente mía. Víctor Coral, el Muralista, también estaba conciente de que era una muy mala idea. Estoy seguro, mi querido Víctor Coral (que no te bañas, porque, según tú, una persona limpia no necesita bañarse a menudo y solo sabes pintar los baños de un centro de redacción), estoy seguro que tú sabías que era una idea fatal y que las consecuencias serían funestas. Pero no, no te puedo culpar del todo. Si tuviéramos que hallar a algún culpable tendríamos que mencionar, además, a los que nos reuníamos los viernes por la noche: El Perro Ybarra, Gustrago Faverón, y Mike, el Chico Puerto el Hueco. De todos, e
l Chico Puerto el Hueco tiene gran parte de la culpa. Eso de llegar todos los viernes con una botella de ron y un poco de marihuana, a lo largo traería lamentables consecuencias para alguno de nosotros.

La rutina era la misma. Primero acondicionar el cuarto y colocar todo tipo de imágenes sugerentes y alucinantes en las cuatro paredes de la habitación. Luego instalar el equipo de sonido y seleccionar la música que íbamos a escuchar. Solo grupos que pudieran desconectarnos de la realidad: Menudo, Locomía, Los Iracundos, Facundo Cabral y Magneto. Nada de pop ni de música afro, el despegue podría ser nocivo. Sabíamos casos de brothers que se pegaron con Michael Jackson o Micky Gonzáles, o con los hermanos Ballumbrosio, y que cuando quisieron retornar a la realidad jamás lo lograron. Por el bien de todos, ni Dina Páucar ni Abencia Meza. Una vez acondicionada la habitación y la música, Gustrago Faverón, mismo alquimista, preparaba una cuba libre extra-power: Full ron y un poco de Coca-Cola para darle color. Acto seguido, el Perro Ybarra preparaba unas tremendas bazucas de yerba que pudieran satisfacer las exigencias de los fumarolas reunidos.
-Ahora sí, muchachos, ajústense los cinturones antes de que Max nos haga una buena mamada -anunciaba el Perro Ybarra. Era el más angurriento de todos nosotros y según tú, Perrito, fumabas de acuerdo a tus necesidades. Pero a mí no me engañas, Perro, eras el más angurriento de todos y el que daba el play de honor al supertroncho que habías preparado.
Lo demás venía por cuenta propia y cada quién se daba su propio vacilón.

Todos queríamos evadirnos de nuestra asfixiante realidad, pensar que la vida podía ser soportable en este mundo de mierda. Así eran nuestras vidas y si teníamos que drogarnos para poder seguir adelante, lo hacíamos y luego empezaba la orgía, toma que te doy, todos modernos, todos con el culo generoso. Pero aquel Puerto el Hueco fue memorable: El Perro Ybarra se alucinó Ernesto Pimentel, la Chola Chabuca con sus mejores tacos, e incluso se dio el lujo de prestarle sus baquetas a Gustrago Faverón para acompañar la voz de Trampolín a la fama:
Agusto Ferrando,
lo invita cantando.
desde el más cercano
hasta el último confínSi hubiera estado Iván, hubiese alucinado con su frenillo cheverengue, que estaba en una trinchera de la guerrilla, luchando por la revolución en Busardo y hubiera rampado desde el cuarto hasta la cocina gritando consignas contra el gobierno y a favor de la lucha armada de los
raros (con Bellatin a la cabeza) como lo hizo alguna vez en uno de los cuartos de la residencia

univer
sita
ria ante
la risa de
todos los
estudian
tes que leyeron Las Fotografías de Frances Farmer. Hubiera sido divertido ver a Thays arrastrándose por el suelo como una lagartija. Así no, mi querido guerrillero del realismo sucio, así no es, con la yerba jamás hubieras llegado a hacer la revolución en Oreja de Perro.
Mike, el Chico Puerto el Hueco, después de un esfuerzo de alucine, logró meterse en un afiche de José Feliciano y Don Francisco que estaba colgado en la pared.
-Oye, Salvador, ¿logras verme en Sábado Gigante con la Cuatro?
-Puta, brother, no te veo: si estás en cuatro te la pongo.
-Huevón, estoy detrás de Thays, por eso no me ves.
Todos estábamos en un bacilón bien bacán. Pero tú, Víctor Coral, no despegabas, pero luego vendría una Luz de Limbo. Solito te cagabas de risa en un rincón del baño, dejando insultos a todas las hembritas que te choleaban por feo y apestosos, oliéndote las axilas de vez en cuando. Hasta que no sé cómo se te ocurrió la idea de poner a Los Morunos en el equipo:
Yo solo quise querer, yo solo quise quererte 
yo nada te pude dar, yo nada pude ofrecerte
solo queria tu vida para vivirla contigo
quisiera darte mi vida que la vivieras conmigoQuise motivar tu vida, quise motivar tu vientre
quise motivarte toda, quise motivarte siempre
quise con nuestros motivos motivar un tiempo nuestro
y que motivo a motivo se hacia asi un motivo nuevo
-No me la pongas, Coral.
-Sólo un toque.
- No, Víctor, no.
- Un ratito.
-Bueno, sólo un ratito y nada más, ah.
Un toque nada más, huevón. Sabías que no iba a ser un toque. Jamás consentiría escuchar a Los Morunos un toque. Era todo o nada, porque escuchar a Los Morunos en estado normal era una verdadera transfiguración. Entrar en un estado de misticismo en el que cada nota musical hacía brotar un universo en tu mente y permitía que tu espíritu se elevara de este mundo terrenal. Ahora, escuchar a Los Morunos stone, es decir, totalmente alucinado, era entrar en un estado de gracia y beatitud. Sentir que tu cuerpo se va evaporando para dar paso al imperio del espíritu en donde cada molécula, cada átomo y cada electrón están en armonía con el universo, llegar a las puertas del paraíso y contemplar la evolución de las cosas más bellas del planeta, como por ejemplo, observar el culo de Faverón en el cual una rosa se abre al amanecer. Eso era escuchar a Los Morunos stone: sentirse el cafiche de tu propio chongo.
Poco a poco, empecé a alucinar cosas indescriptibles para el lenguaje humano. Aluciné a Iván haciendo el amor con un Bayly en Oreja de Perro. Aluciné, también, a la señora de la pensión como Laura Bozzo y a sus hijos como los tres cerditos (Paolo de Lima, Domingo de Ramos y Alan

García), aunque en este caso no hice demasiado esfuerzo, dado que la vieja y sus hijos bien podrían pertenecer a la escala zoológica. Lo mejor..., perdón, lo peor, vino después. En un momento dado, empecé a alucinar que era una pluma de pavo real flotando en la habitación, una pluma ligera y tornasolada viajando por todo el cuarto. Rozaba muy suave el cuerpo de los muchachos y nadie se daba cuenta. De pronto, alguien me alcanzaba con una de sus bocanadas de humo e iba a parar al otro extremo de la habitación, que por cierto estaba muy cargada de olor a semen fresco: el pajero de Faverón. Despacio, muy despacio, fui acercándome a la ventana. Afuera, recorría un viento invernal que traía el olor de la brisa marina. No sería mala idea darse una vueltita por allí para cambiar de atmósfera. Cruce lentamente la ventana sin hacer el menor ruido para no perturbar a nadie en su alucine y justo, cuando ya empezaba a sentirme bien con la nueva atmósfera, Los Morunos dejaron de sonar. ¡Chimpún Callao! Era demasiado tarde para retroceder, la ventana de la habitación estaba lejos y los tres pisos hacia abajo eran la única e irrenunciable opción.